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En algún lugar de España en la actualidad

- Debemos irnos – la conocida voz le sacó de su ensimismamiento – los autobuses estás a punto de salir, y Luisa ha llamado diciendo que los camiones están en camino.

- Sí, es la hora. A pesar de haberlo hecho tantas veces nunca me canso de ello.

- Habrá oposición, los de la urbanización nos van a dar guerra, y el alcalde intentará mandar a la policía.

- ¿Has llamado a la prensa?

-Claro, como siempre.

-Claro, – respondió él casi sin pensar en ello. Su mente estaba en la siguiente fase del plan.

- ¿Nos vamos?

- Sí…espera. – el hombre, que estaba en los cuarenta años largos, se inclinó sobre la mesa y pareció tomar algo de su superficie, con extrema delicadeza. Luis pudo ver que se trataba de un pequeño insecto, quizás una mariquita.

Acto seguido, la figura, que aparentaba más edad de la que realmente tenía, abrió una ventana y arrojó al coleóptero por ella.

Volviéndose, y ante la expresión de asombro de que vio en su ayudante, dijo:

- La vida es un todo. No existen gestos pequeños para protegerla, y todo paso cuenta.

A continuación se puso su chaqueta, que le había acompañado en docenas de campañas, y cojeando, salió por la puerta apagando la luz.

Tras él, quedaba una habitación vacía. En la oscuridad, sobre la mesa, se podían ver los planos geobotánicos de su destino. En ellos, marcados en rojo, los terrenos donde iban a llevar a cabo su operación.

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Prólogo, breve como algunas vidas

En algún momento de un futuro cercano, en algún lugar en ninguna parte.

Hay quien sostiene que algunas vidas pasan sin pena ni gloria por el mundo, dejando poca o ninguna huella en su hollar por las tierras de la vida.

Que hay quien no aporta nada, quien viven sin pena ni gloria, y sólo pasa. Pasa su tiempo, y si lugar, y se pierde, para siempre.

Yo, sin embargo, creo que cada vida, por pequeña, corta y minúscula que parezca, brilla con la fuerza de una cegadora estrella en el destino de la vida.

Algunas personas son entrenadas para matar. En mi opinión, nada hay más triste que segar una vida. Son, sin embargo, tratados como héroes.

Miro por la ventana, y veo los árboles mecerse al viento, mientras la noche extiende su oscura marea y la luna brilla en el cielo, con las estrellas como única competencia.

El viento bate las contraventanas del piso superior, pero el calor del hogar y la madera quemada me hacen sentir demasiado cómodo para subir a asegurarlas. La edad, protagonista inmisericorde y recordatorio necesario del ciclo de la vida, no perdona.

Sí, la vida es sagrada, toda la vida, incluso la de mis árboles, que tantos quisieron ver muertos, y tantos sacrificios me costó defender. Mis árboles.

Quizás sea presuntuoso llamarlos así, nunca he sido presuntuoso, pero ahora que siento cercana mi muerte, no puedo sino permitirme este breve, e insignificante, brote de ego.

Hay gente que ha sido entrenada para matar, pero otros, como yo, nacimos para extender la vida.

Dejadme contaros mi historia. Permitidme ser presuntuoso, ya que siempre he sido humilde, ya que siempre me he considerado un servidor de los seres vivos.

Fuera, tras los ventanales del salón, la vida nocturna sale a continuar su ciclo. Los sonidos de la naturaleza, tan amados, tan queridos, y tan soñados, me envuelven mientras escribo estas palabras.

Dejadme contaros la historia de la Vida como yo la he sentido. Como yo la he vivido.

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